Hay ciencias que se estudian por el simple interés de saber cosas nuevas; otras, para aprender una destreza que permita hacer o utilizar algo; la mayoría, para obtener un puesto de trabajo y ganarse la vida.
Si no sentimos curiosidad ni necesidad de realizar tales estudios, podemos prescindir tranquilamente de ellos. Abundan los conocimientos muy interesantes pero sin los cuales uno se las arregla bastante bien para vivir: yo, por ejemplo, lamento no tener ni idea de astrofísica ni de ebanistería, que a otros les darán tantas satisfacciones, aunque tal ignorancia no me ha impedido ir tirando hasta la fecha. Y tú, si no me equivoco, conoces las reglas del fútbol pero estás bastante pez en béisbol.
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Lo que quiero decir es que ciertas cosas uno puede aprenderlas o no, a voluntad. Como nadie es capaz de saberlo todo, no hay más remedio que elegir y aceptar con humildad lo mucho que ignoramos. Se puede vivir sin saber astrofísica, ni ebanistería, ni fútbol, incluso sin saber leer ni escribir: se vive peor, si quieres, pero se vive. Ahora bien, otras cosas hay que saberlas porque en ello, como suele decirse, nos va la vida.
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En una palabra, entre todos los saberes posibles existe al menos un imprescindible: el de que ciertas nos convienen y otras no. No nos convienen ciertos alimentos ni nos convienen ciertos comportamientos ni ciertas actitudes. Me refiero, claro está, a que no nos convienen si queremos seguir viviendo.
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De modo que ciertas cosas nos convienen y a lo que nos conviene solemos llamarlo "bueno" porque nos sienta bien; otras, en cambio, nos sientan pero que muy mal y a todo eso lo llamamos "malo". Saber lo que nos conviene, es decir: distinguir entre lo bueno y lo malo, es un conocimiento que todos intentamos adquirir -todos sin excepción- por la cuenta que nos trae.
Como he señalado antes, hay cosas buenas y malas para la salud: es necesario saber lo que debemos comer, o que el fuego a veces calienta y otras quema, así como el agua puede quitar la sed pero también ahogarnos. Sin embargo, a veces las cosas no son tan sencillas: ciertas drogas, por ejemplo, aumentan nuestro brío o producen sensaciones agradables, pero su abuso continuado puede ser nocivo. En unos aspectos son buenas, pero en otros malas: nos convienen y la vez no nos convienen. En el terreno de las relaciones humanas, estas ambigüedades se dan aún con mayor frecuencia. La mentira es algo en general malo, porque destruye la confianza en la palabra -y todos necesitamos hablar para vivir en sociedad- y enemista a las personas; pero a veces parece que puede ser útil o beneficioso mentir para obtener alguna ventajilla. O incluso para hacerle un favor a alguien. Por ejemplo: ¿es mejor decirle al enfermo de cáncer incurable la verdad sobre su estado o se le debe engañar para que pase sin angustia sus últimas horas? La mentira no nos conviene, es mala, pero a veces parece resultar buena.
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Lo malo parece a veces resultar más o menos bueno, y lo bueno tiene en ocasiones apariencias de malo. Vaya jaleo.


Ética para Amador, de Fernando Savater. Capítulo primero

Ejercicios a realizar tras la lectura


1. Buscad ejemplos de cada uno de los tipos de ciencia a que se refiere Savater al comienzo del capítulo.
Al final de la lectura, volved a esta pregunta y contestad: ¿qué tipo de ciencia es la Ética? ¿Por qué la habéis puesto en ese grupo?

2. Bueno es lo que nos conviene, malo lo que no nos conviene. Savater habla de lo bueno y lo malo en relación con:
  • La salud
  • Lo que nos agrada o nos gusta
  • Las relaciones humanas
Buscad otros ejemplos a los que pone el autor de cosas buenas/malas en cada uno de estos tres casos.

3. Discutid en parejas y al final contestad razonadamente a la pregunta: ¿es mejor decirle al enfermo incurable la verdad o es mejor engañarle? ¿se puede decidir con la información que tenemos? ¿o necesitamos más datos?

4. Buscad un ejemplo distinto a decir la verdad donde también suceda que en ocasiones parece que hay que saltarse las reglas.